Esp |  Eng
Cuando el enemigo es la música

“They Will Have To Kill Us First” y el orgullo de los músicos de Mali en el exilio
08/10/2015 Luis Hidalgo
“Nuestros instrumentos son nuestros kalashnikov”. Declaración de principios de los miembros de Songhoy Blues.

Todos sabemos que todo es político, que la política, en tanto que acción derivada de una visión del mundo, afecta a los detalles más nimios del día a día, forma parte de nuestra vida en ocasiones por acción, en ocasiones por omisión. No es más político un documental sobre la muerte de Víctor Jara que otro sobre las fans de New Kids On The Block, sólo ocurrirá que la ideología, la política, normalmente se manifestará de manera más explícita en el primero que en el segundo. Pero en ambos estará. Por eso decir que el documental They Will Have to Kill Us First: Malian Music in Exile es político es decir más bien poco. Sólo faltaría que no lo fuera con un título así.
 
En efecto, el documental tiene mucho de político, social y humano. Se centra en las consecuencias de la ocupación por parte del grupo islamista Ansar Dine (“Defensores de la Fe”) del norte de Mali en 2012, lo que lograron con una alianza con el National Movement For The Liberation Of Azawad (MNLA), grupo tuareg que lucha desde los años sesenta por su independencia de Mali. Los miembros del MNLA no sabían que esta alianza iba a volverse contra ellos, pues el extremismo ideológico de los islamistas vinculados a Estado Islámico (ISIS) iba a dominar todos los aspectos de la vida del territorio ocupado. Para los tuaregs aquello fue salir del fuego para caer en las brasas.
 
 
Pero el documental no es simplemente una pieza de carácter informativo acerca de estas  vicisitudes históricas, sino que articula su narración personalizando las consecuencias de estos acontecimientos en un sector de afectados, a la postre verdaderos protagonistas del documental: los músicos. Es bien sabido que aquellos que no interpretan el Corán sino que lo practican a pie juntillas luego de una lectura reduccionista y obtusa gustan de prohibir la música no religiosa y todos los instrumentos al considerarlos satánicos y pecaminosos, razón por la cual, nada más ocupar el norte de Mali promulgaron la sharia que obligó a DiscoKhairaMoussa y a los miembros del grupo Songhoy Blues, a huir de su tierra.
 
Estos son los protagonistas del documental: los músicos y su arma, la música. Y es que, como dice un miembro de Songhoy Blues"los soldados defienden este país con sus kalasnikhov, nuestros instrumentos son nuestros kalashnikov". Es decir, la música se convierte en un arma no sólo para denunciar una situación injusta, sino para curar heridas y tender puentes hacia la esperanza. Al norte de Mali había llegado el imperio de la sharia que, como dice Moussa, un músico tuareg que al huir tuvo que abandonar a su mujer “la sharia es la ley, pero es mucho más dura que la ley”. En el norte, sólo la música nasheed –música vocal de carácter religioso que se ha popularizado como medio de propaganda para captar yihadistas– era permitida.
 
Disco, cantante y defensora de los derechos de las mujeres, junto a Jimmy.
 
En el fondo, lo que los islamistas retrógrados del ISIS reconocían de facto con sus prohibiciones es el poder de la música, mucho más aún en países en los que vinculada directamente a las tradiciones, "es un mensaje sobre educación, sobre la belleza, sobre la enfermedad......es como la prensa" tal y como afirma Disco, una de las artistas refugiadas y que sin duda no oyó decir a Public Enemy aquello de que el hip-hop es la CNN de los negros. La propia Disco, así llamada porque en su juventud ganó un concurso interpretando canciones de Madonna, defiende los derechos de todas las mujeres, incluso los de aquellas que desean cubrirse el rostro, pero rechaza que esto se realice por la fuerza. Y por ello es una exilada, una artista a la que se ha privado de su arte, una forma horrible de castración emocional.
 
De hecho toda la historia está llena de ejemplos sobre la represión de los músicos. Por un lado está la amplísima lista de músicos judíos asesinados por los nazis en los campos de exterminio, incluido el de Terezin, creado para simular que era un centro donde los judíos podían seguir realizando actividades culturales. La lista de la ignominia es amplísima y no sólo está en la memoria Víctor Jara, asesinado por los golpistas chilenos, sino también Pavlos Fyssas, rapero griego asesinado en 2013 por simpatizantes de los neofascistas Amanecer Dorado, Lounès Matoub, defensor argelino de la identidad bereber asesinado por el Groupe Islamique Armé (GIA) en 1998, o los varios cantantes de raï asesinados en Argelia por integristas islámicos, tales como Cheb Hasni –asesinado en 1994–, Cheb Aziz (1.996), Rachid Baba Ahmed (1.996) o Lila Amara, asesinada en 1995 ante su marido y luego degollada ritualmente.  Está claro que bajo un islam mal entendido, la mujer es la víctima principal, y ser mujer y cantante ya es el colmo de la “corrupción”.
 
Khaira.
 
Por eso They Will Have to Kill Us First recuerda indirectamente las causas de todas esas muertes y trata varios aspectos al mismo tiempo. Por un lado, la música como pauta de la vida social, como puente con otras culturas y como elemento de educación e identificación entre los miembros de un mismo grupo étnico o social. A la vez aborda el problema de los refugiados y de su vida lejos de su tierra, de los suyos, de sus costumbres y de las renuncias que han de afrontar, como Moussa, que para poder ganarse la vida tocando en hoteles ha de prescindir de su turbante tuareg –de su identidad– para evitar atemorizar a los turistas. Finalmente el documental destila el sentimiento de aquellos que aunque parecen tenerlo todo perdido no olvidan que la esperanza es lo único que puede devolverles lo que la guerra les arrebató. En este caso, y por iniciativa de Khaira, otra de las cantantes exiladas, la gran meta es volver a ofrecer un concierto en Tombuctú, una vez la intervención del ejército francés hizo huir a los islamistas radicales.
 
Moussa.
 
Esta excelente pieza se vincula a una gran cantidad de obras en las que se muestra cómo la represión del músico es a la vez una represión a la sociedad y a la música, considerada tal y como lo que es, un arma pacífica que no mata pero que despierta conciencias. Desde piezas como Breaking The Silence: Music In Afghanistan (2002), que narra la irrupción de los islamistas radicales en el país y el final de su música popular, hasta los estupendos documentales Finding Fela (2014) y Fela Kuti, Music Is The Weapon (1982), sobre Fela Kuti, líder político y musical nigeriano panafricanista que llegó a desafiar a su gobierno y organizó una verdadera comuna libre, el Afrika Shrine, en la que vivía como un líder y tocaba y cantaba para expandir su ideología. Sin salir de África, hay muchos más ejemplos, tales como Mama Africa (2011) sobre la música y activista Miriam MakebaSierra Leone Refugee All Stars (2005), sobre músicos huidos de la guerra en su país que hallan en la música la razón para seguir vivos; Under African Skies (2012), que narra cómo Paul Simon desafió el apartheid para grabar con músicos negros su maravilloso Graceland. Son algunos ejemplos, los más obvios quizás, de cómo la música y la vida son una misma cosa, y cuando a un músico se le arrebata la música, como ocurre en They Will Have To Kill Us First, es, como dice Khaira en su exilio "como si se le arrebatase el oxígeno al ser humano".
 
Los miembros de Songhoy Blues en un fotograma del documental "They Will Have to Kill Us First".