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El cosmos empieza en Tejas

El film “Sir Doug and The Genuine Texas Cosmic Groove” clama justicia para el antecesor del sonido Americana.
14/10/2015 Jaime Gonzalo
El documental “Sir Doug and The Genuine Texas Cosmic Groove” (Joe Nick Patosky, 2015) se podrá ver en la próxima edición del festival Beefeater In-Edit.
 
Muchos de los que cada año peregrinan al South By Southwest lo ignoran, pero Austin, la ciudad sede de dicho festival, ya había degustado titularidad hip previamente a 1986, año de su primera edición. En el despertar de la década de los 70 un solo hombre refundaba prácticamente de la nada la escena musical de la capital tejana. Que, avituallada por numeroso público universitario, no era precisamente manca, umbilicalmente sintonizada con la contracultura a través de locales como el Armadillo World Headquarter, el Fillmore del bizarro frikismo austinita. Se llamaba ese iconoclasta Doug Sahm, y traía consigo los mismos aires de retromodernidad que en aquellos precisos momentos se encontraban aggiornando el country en Los Angeles, de la mano de Gram Parsons y su banda The Flying Burrito Brothers, supuestos artífices de la tendencia bautizada “Cosmic American Music”.
 
Antepasado del sonido Americana que tantos estragos causa hoy día, la Música Cósmica Americana no dispone de una definición académica. A gruesos rasgos, sintetizaba la influencia que la cultura de la droga ejercía en jóvenes músicos de extracción rock y el desafío planteado a la tradición, a las raíces, reformulando a su medida la vertebración y filosofía de las expresiones musicales blancas y negras más prominentes del melting pot estadounidense. Se trataba de un impulso contradictorio ya desde su sacrílega composición: ¿hippies profanando la conservadora banda sonora cotidiana de los paletos de provincias? De los varios frentes que abría, en el de Austin coincidía la transgenérica cosmicidad pagana de Sham con la disidencia del outlaw country, otra variante más por la que nombres como Kris KristofersonWaylon Jennings y Willie Nelson desacataban los reblandecidos designios estéticos de Nashville, en misión recuperadora de la autenticidad perdida pero también aperturista, integrando en ella nuevos códigos.
 
 
De todos los actores de esa inflexión enumerados hasta ahora, sólo uno puede reclamar la corona de magnífico perdedor. Mientras a Parsons se le ha canonizado en círculos posmodernos y Nelson disfruta del rango de clásico superventas, Sahm pervive tan solo como nota a pie de página. Y, gratuito recochineo, en letra pequeña. Las causas de ese desatino histórico son uno de los muchos correlatos abordados en Sir Doug and the Genuine Texas Cosmic Groove. Oda a la intrínseca fatalidad comercial de un coloso cuyo conocimiento parece reservado a eruditos, la reivindicación que transporta el documental actúa transversalmente, tanto en sentido sentimental como musical. Lo primero porque no puede uno evitar dimensionar a Sahm en la estirpe de los Gigantes, con G capitular, y transplantarlo a la película Gigante (George Stevens, 1956), donde tan inopinadamente se radiografiaba el hipertrófico hecho tejano, sus desigualdades sociales, sus prejuicios raciales, su grandeza y sus miserias.
 
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Se dieron en la epopeya “sahmiana” varios rasgos que despolarizaban esos extremos mostrados en el film póstumo de James Dean. Nacido en San Antonio, Sahm constituía la esencia misma de Tejas, un pura sangre que rodó libre y despreocupado como un estepicursor por las vastas llanuras musicales del estado de la estrella solitaria, sincretizando las herencias americana y mejicana de un territorio conquistado por las armas, donde hombres inquietos como él podían aspirar a cualquier cosa. Oportunidades no le faltaron. Niño prodigio, grababa su primer disco a los 11 años y a esa edad compartía también escenario con Hank Williams. En 1965, en plena expansión beatle, al frente de The Sir Douglas Quintet entraba en los Top 20 de Estados Unidos e Inglaterra, Bob Dylan diciéndole a todo el mundo que eran la mejor banda americana de rock habida. Un arresto por posesión de marihuana acababa con la formación disuelta y Sahm emigrando al San Francisco ácido, de donde regresaba a Tejas impregnado en psicodelismo, revolucionando Austin. Ah, pero esa ciudad le daría la espalda cuando un flamante contrato firmado con Atlantic y un disco producido por el legendario y entonces muy poderoso Jerry Wexler, en el que entre otros peces gordos participaba Robert Zimmerman, redundaba en estrepitoso fracaso corolado por el escarnio crítico.
 
 
La actitud celebratoria y festiva de Sahm, su eclecticismo estilístico y temporal, la proximidad de su persona, no cuajaron en un mercado que hasta entonces no le había escatimado bendiciones, promesas que ya nunca se cumplirían. Si lo que inclinó la balanza a la baja fueron las circunstancias, léase lo funesto de su gestión financiera y empresarial –durante un tiempo le representaba su camello de yerba–, o un chispeante temperamento, incompatible con el “circo de egos” del rock corporativo, decía él, es otra de las preguntas planteadas por un documental que actúa del mismo modo como hilo conductor de la Música Americana, así, también “mayusculizada”. La esponjosidad de Sahm absorbió y amalgamó blues, cajun, country, rhythm & blues, jazz, rock & roll, soul y western swing; y de todos esos palos sería el fronterizo acento mejicano del tex-mex el que a la postre le permitiría mantenerse a flote. Tras una resucitadora y no menos pintoresca aventura por la Europa del Norte y Canadá, se reconciliaba con Tejas en el seno de los Texas Tornados, donde también reasumían laureles adláteres chicanos como Freddy Fender y Flaco Jiménez, sin olvidar a su indispensable brazo derecho de toda la vida, Augie Meyers.
 
 
Fallecido en 1999 a los 58 años, un infarto sesgaba una carrera por la que se han hecho pocos esfuerzos rehabilitadores. Sir Doug and The Genuine Texas Cosmic Groove palía ese vacío con una mesurada mirada panorámica a la persona y personalidad de Doug Sahm, contagiosas, verborreicas, difícilmente compatibles ambas en su bohemia bonhomía con una vida familiar cuyo desmoronamiento no escapa a la cámara, como no lo hace el portentoso talento de una figura esencial, con motivos sobrados para el resentimiento, aunque siempre se guardara de exteriorizarlo.
 
 
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