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Hail! Hail! Rock 'n' Roll

Jaime Gonzalo desentraña en "Mercancía del Horror" el impacto del fascismo en la cultura popular
Toni L. Querol
Imagen del número musical ficticio Springtime for Hitler, de la película Los Productores (Mel Brooks, 1968).
 
Ni listas negras ni amarillismo para matar el rato, que de eso ya tenemos bastante. El nuevo libro de Jaime GonzaloMercancía del Horror, está en las antípodas del informe sensacionalista al uso acerca de los consabidos flirteos con la morbosa esvástica por parte de artistas de renombre. Tampoco pretende ser un bestiario de carne de cañón facha que agarra un instrumento (apenas pasa de puntillas por el rock neonazi, “por razones de profilaxis intelectual”). Lo que intenta es desentrañar el por qué y el cómo de la apropiación fetichista por parte de diferentes manifestaciones de la cultura popular, la literatura, el cine y la música pop y rock de la imaginería nazi-fascista. Eso, y abordar sin aspavientos la pulsión totalitaria del aparato ideológico industrial de las culturas del rock y del ocio. Espinoso tema de estudio, sin duda, fascinante y goloso, que Gonzalo acomete con rigor, palabra áspera y sin comulgar con maniqueísmos ni simplificaciones comodonas. Seguramente por ello ha levantado no pocas suspicacias.
 
La cubierta de “Mercancía del Horror” hace referencia al álbum “Aladdin Sane” (1973) en el que David Bowie lucía pintado en la cara un símbolo similar al “flash and circle” que usaba la British Union of Fascists (BUF) de Oswald Mosley.
 
In-Edit Beat: Sospecho que con ningún otro libro habías tenido que dar tantas explicaciones sobre tus intenciones y tu tesis.
Jaime Gonzalo: Estoy ya acostumbrado por la trilogía sobre la contracultura Poder Freak (Libros Crudos). El lector puede ser muy sensible si tu tesis es desmitificadora y le echas abajo ciertas preconcepciones o mitos. Con Mercancía del Horror, algunos me han llamado gilipollas y acusado de buscar polémica sin siquiera leer el libro; otros que sí lo han leído critican su excesivo pesimismo y negativismo, que para mí es solo realismo o intentar ser honesto con la realidad que nos rodea y su historia.
 
Contabas que el libro nacía de la necesidad de autoexplicarte.
Como casi todo lo que uno hace. Soy de una generación que creció aceptando como lo más normal del mundo el revisionismo histórico de la 2ª Guerra Mundial. Y veíamos fotos de punks de Londres con brazaletes nazis y nos traía sin cuidado. Y todo esto saliendo de una dictadura, y con un padre que te ha hablado mucho de la Guerra Civil, en cierto modo te ha implicado en ello. Y con referentes culturales –de juguetes y soldaditos a cómics, libros y películas– que petrifican la imagen de un gran y siniestro fantasma histórico, el nazismo, en principio con propósitos disuasorios: “cuidado, no os quejéis que todo podría ser peor, ahí está el nazismo para recordárnoslo”. Necesitaba analizar esto y desentrañar todo el maniqueísmo, la ambigüedad, la hipocresía y el puritanismo que, como he podido comprobar, sigue imperando sobre el tema. Esa versión de la historia maniquea, perversa y trágica que no tolera disensiones y oculta lo que Lampedusa ya apuntara en El gatopardo, aquello de “cambiarlo todo para que nada cambie”La vinculación con el rock ha sido la coartada por deformación profesional pero mis intereses iban más allá.
 
Siouxsie Sioux frente al 100 Club de Londres, sede del primer Punk Rock Festival, 1976. Foto de Caroline Coon / Hyman Collection 
 
Le das la vuelta a la célebre frase de David Bowie en su entrevista para Playboy de 1976. Escribes: “Hitler no fue una de las primeras rock stars, sino que las rock stars fueron en todo caso los segundos nazis”.
Bowie quizá pensaba cuando dijo eso en esas imágenes de documentales en las que adolescentes alemanas rodeaban al Führer presas de una histeria similar a la de la “beatlemania”, pero más grave es lo que dijo en otras entrevistas de los primeros 70: que creía fuertemente en el fascismo, que Inglaterra necesitaba un gran líder, un frente de extrema derecha que pusiera orden…
 
Luego Bowie se disculparía achacando esos comentarios [similares a otros sobre la iconografía nazi de Brian Ferry en 2007] a un empacho de ocultismo y cocaína, aunque en cierto modo vaticinó un gran líder de derechas como Thatcher.
Sí, y podría haber sido alguien peor. A ver, en esa época Bowie tenía la boca caliente, no hay que tomarse muy en serio este tipo de cosas. El rock es un anécdota, como lo es la vida. Me interesa más señalar que las estrellas del rock y el sometimiento que el rock predica han conseguido universalizar un mensaje de postración y adoración, sin reflexionar ni plantearse uno dónde acaba la fantasía que se le propone. Muchos han adoptado el rock como cosmética: mirarse al espejo y creerse aún joven porque es rockero, lo opuesto a la senectud. Y profesar esa idolatría en algunos casos grotesca o digna de atención psiquiátrica. El rock & roll es una cárcel como cualquier otra. La rebeldía abstracta que vende no va más allá de desobedecer a tus viejos en un momento dado, nunca a intentar algo de mayor calado. Pensar que el rock es, a la fuerza, sinónimo de una sociedad progresista y tolerante, transmisor de unos valores de libertad e individualismo bien entendido, me parece obsoleto y desfasado, nada que ver con la situación actual. El rock es un bien de consumo y ha sido también un instrumento más de zombificación.
 
Bryan Ferry de Roxy Music luciendo uniforme militar en 1975.
 
Si he entendido bien, en el libro vienes a decir que mientras nos entretenemos con circos mediáticos y “ofendiéndonos” en redes sociales ante los exabruptos de tufo fascistoide de, pongamos, el John Galliano o el Phil Anselmo de turno, no afrontamos otro fascismo, real y cotidiano, en el que estamos inmersos. 
Reivindico la libertad de expresión, que no es propiedad exclusiva de la izquierda sino que, como decía Noam Chomsky, está precisamente para aplicarla con aquello con lo que no estás de acuerdo. Por otro lado opino que vivimos en una sociedad guiada absolutamente por principios fascistas. Económicamente hablando, no hay duda. Y nunca como hoy el individuo ha estado tan subordinado al Estado; la diferencia es que ahora no es necesario crear una fe ciega al Estado como una religión que determina la vida, sino que se ha difuminado en una urdimbre de grandes y oscuros poderes casi “lovecraftianos”. No los entendemos y nos incomoda tomar conciencia de ello. Todos profesamos cierto revolucionarismo mientras eso no afecte nuestro ritmo de vida ni se traduzca en molestias. Ese fascismo difuso avanza y evoluciona a su antojo mientras seguimos manejando como paradigma de mentalidad totalitaria algo tan obsoleto como el nazismo o el nacionalcatolicismo.
 
A día de hoy se sigue resolviendo cualquier conflicto sacando a pasear el nombre de Hitler o tachando al oponente de nazi. El reductio ad hitlerum [nde: expresión acuñada por el filósofo Leo Strauss en los años 50] de toda la vida. 
Esa "fachizicación" tan promiscua y frívola que vivimos, con el resorte siempre listo para saltar como mecanismo para condenar aquello con lo que no estemos de acuerdo. Es un hecho cotidiano, tú eres facha porque lo digo yo y porque me causa una tremenda angustia confrontar una opinión contraria. Las posturas son muy exacerbadas, sobreactuadas, impostadas. Y aquí me interesa subrayar lo hipócrita y venenoso que resulta cierto buenismo o pensamiento de izquierdas o socialdemócrata en todo este maremágnum, que cuando le conviene aplasta cualquier pensamiento discordante. Un ejemplo: José Antonio Fortes, profesor de Literatura Española de la Universidad de Granada, su tesis es desmontar el mito lorquiano e intentar contar la verdad: Lorca es un señorito andaluz que escribe de cosas que no conoce y que vive como lo que es, un latifundista, y su mitificación como intelectual de izquierdas es un disparate… Pues decir ese “sacrilegio” le costó una campaña de difamación tremenda (le acusaron de borracho) y el ostracismo en el mundo académico, lo han expulsado de la sociedad por desenmascarar una visión falseada de la historia según las conveniencias de la clase hegemónica dirigente, en este caso los mismos socialistas españoles que en concordancia con el PC se afiliaron con las fuerzas franquistas para orquestar todo ese gran negocio que fue la Transición. Otro caso terrible: en el festival reggae Rototom a un artista judío, Matisyahu, se le exige tras la presión de no sé qué grupo valenciano que se pronuncie explícitamente contra lo que sucede en Palestina o no toca. Si eso no es censura y fascismo, ya me explicarás… La gente debe poder escoger libremente, ser capaz de decidir por sí sola si puede enfrentarse a un espectáculo por lo que representa su autor o porque no concuerda ideológicamente con él.
 
Chuck Berry y su colgante con la cruz de hierro en el Madison Square Garden, 1969. Foto de Jim Marshall.
 
También analizas cómo algunos símbolos vinculados al nazismo pasan desapercibidos en determinadas épocas y en otras provocan una escandalera. 
Sí, quizá ahora alguien de la relevancia de Chuck Berry con una cruz de hierro levantaría un gran revuelo y sería motivo de mucha disquisición. Y en ese cambio de criterio me temo que hemos salido perdiendo, en un proceso inexorable e irreversible. Ha surgido un nuevo puritanismo, diferente al del Centro Parental de Recursos Musicales de los Estados Unidos de los 80 que buscaba tacos, tetas y culos en los discos, pero igualmente venenoso. Todo nos ofende muy fácilmente, las posturas son muy exacerbadas, sobreactuadas. Ahora el motivo más nimio puede causar el gran revuelo del día. Cada día hay más ejemplos horripilantes de lo que hablamos; el caso de los titiriteros es digno del Celtiberia ShowLuis Carandell se frotaría las manos de descubrir noticias como ésta, y en pleno 2016. Otro ejemplo igualmente grave: Reserva Espiritual de Occidente, un grupo que ni tiene mensaje fascista, presenta nuevo disco y es boicoteado por su estética inspirada en el fascismo.
 
Brian Jones, de The Rolling Stones, posa con un bonito uniforme diseñado por Hugo Boss junto a la actriz y musa rockera Anita Pallenberg.
 
Algunos te han achacado cierto relativismo moral al poner a la misma altura o defender el mismo derecho a fetichizar la imaginería nazi como la comunista, por ejemplo. En el libro se recogen ejemplos como la portada a lo juventudes hitlerianas de Joy Division (cuyo mismo nombre ya era de inspiración nazi), los posados con uniformes nazis de Keith Moon (The Who) y Brian Jones (Rolling Stones), la puesta en escena con la hoz y el martillo de New York Dolls (una idea del mismo Malcom Maclaren que llenaría de esvásticas el boom londinense del punk) o la portada del “Little Red Book” de los Matching Mole de Robert Wyatt.
Y cada uno sabrá con qué intención lo hace. Quizá mi perspectiva es relativista, en el libro intento no juzgar a nadie sino estimular al lector para que saque sus propias conclusiones. Son imágenes provocativas, poderosas y a veces fascinantes que, en todo caso, vienen a enriquecer y son perfectamente asumibles dentro del imaginario rock. La postura de Malcom McLaren es clara: al fin y al cabo se trata de vender una mercancía. Y qué otra cosa son los ídolos pop y rock sino actores de una fantasía que interpretan por nosotros. Pueden pasar de un personaje a otro, hoy soy fascista, ahora comunista y mañana librepensador. ¿Qué más da? Si algo bueno tiene el rock es que nos permite ese tipo de fantasías.
 
Joy Division, Matching Mole y New York Dolls.
 
Más compleja es la apropiación estética de regímenes totalitarios de diverso pelaje a cargo de artistas de la música industrial. Unas veces el enfoque es paródico, otras metafórico, unos se diría que solo buscan solo epatar mientras otros juegan al despiste de si son nazis o no…
Genesis P-Orridge, de Throbbing Gristle, dice que lo que realmente le preocupa es el fascismo de masas, no ese fascismo personalizado en entidades malignas como Hitler, sino cómo la masa se homogeniza, desprovista de pensamiento. En otros casos, como el de Boyd Rice, que niega ser fascista porque “odia a todo el mundo por igual”, o el grupo neo-folk Death In June se trata de una fetichización elaborada, son gente muy leída, lo cual puede hacer más perverso su juego. A mí sinceramente todas las fetichizaciones me parecen dependencias enfermizas que acaparan el espacio vital y acotan al individuo, le empequeñecen. Como el patriotismo, el fetichismo es otra bandera con la que restregarte, dar un poco de sentido a las horas muertas. Yo prefiero no entregarme a ella, aunque supongo que deber ser deleitoso… Y, sí, creo que para algunos la ambigüedad es un reclamo que sigue funcionando, si uno es un poco astuto puede sacar unos réditos importantes. La masa es muy susceptible, y no se trata de algo juvenil, hay mucho adulto impresionable.
 
El músico industrial/experimental Boyd Rice ante un retrato de Gabriele d’Annunzio
 
Precisamente quería preguntarte sobre un personaje histórico del que Boyd Rice es fan declarado, Gabriele D’Annunzio.
El perfecto protofascista. Poeta, militar, depredador sexual, cocainómano. En 1920 no solo toma una ciudad [n.d.e.: Fiume, la actual Rijeka croata] y funda su propia república, sino que dicta una serie de normas que incluyen la música como elemento básico de comunicación entre masa y estado, mayor libertad para las mujeres, el uso indiscriminado de drogas y la celebración de grandes espectáculos. Baile, orgías, violencia, dar rienda suelta a unos instintos primitivos...
 
Suena a parranda de los Hells Angels.
Es que es la misma mentalidad: sentirse parte del 1% de elegidos, hombres libres y fuera de la ley, el regreso a la llamada de lo salvaje, transgredir la civilización. Y, como digo en el libro, cuesta poco imaginar a D’Annunzio bendiciendo, por ejemplo, a Harley Flanagan, fundador del grupo hardcore Cro-Mags, que compatibilizaba tendencias de extrema derecha, hare krishna y artes marciales.
 
Otro poeta metido a político del que hablas es el conservador inglés Enoch Powell. ¿Por qué crees que su discurso anti-inmigración tuvo eco en figuras relevantes del Londres contracultural de finales de los 60? 
El conflicto racial ya estaba entonces presente en un Londres que estaba reabsorbiendo a los ex colonizados. Inglaterra tiene un poso conservador y derechista innegable, y en esa época la mentalidad era más abiertamente racista que ahora, ahora el racismo es más soterrado. Del mismo modo que Hitler usó el antisemitismo, muchos usaron el rechazo a los inmigrantes para focalizar un desarraigo y una frustración social de la que quizá no conocían muy bien las causas. Durante los años 70 esto sirvió para pavimentar el invierno del descontento y la ascensión al poder de Margaret Thatcher, que cambia radicalmente el discurso europeo para conducirnos hasta lo que tenemos ahora. Casi lo puedes ver con ojos de pura lógica histórica. Las tesis de Powell las apoyaron gente como Rod Stewart o Eric Clapton, gente sin ningún acuciamiento económico que no veía su trabajo en peligro, eso es lo llamativo.
 
En ese mismo contexto, The Beatles grababa una versión del “Get Back” titulada “No Pakistanis” cuya letra capta ese sentimiento anti-inmigración.
Deberíamos saber si ellos tuvieron en algún momento la intención de hacerla pública con esas letra. Sin saber eso, no se puede hacer cualquier otra consideración. Pudieron hacerlo a título privado, donde todos aún tenemos la libertad de hacer lo que nos dé la gana. Para mí no altera para nada mi percepción de los Beatles el hecho de saber si obedecían a un impulso ideológico o bien satírico y era una broma privada. En todo caso, me parece tan patético condenarlo como esforzarse en justificarlo, la hipertrofia de una nadería. Yo solo registro un dato muy sabido ya, cualquier fanático de los Beatles lo sabe de antemano. Es anecdótico.
 
 
¿Qué valor le das a ejercicios de ironía como los del grupo punk judío Jewdriver  –parodiando canciones del grupo de ideología neonazi Skrewdriver– o el de Serge Gainsbourg –también judío– con su disco conceptual Rock Around The Bunker?
Lo de Jewdriver tiene mucho valor simbólico, pero no hay más cera que la que arde: es parodia y autoironía. Sin embargo, la cultura judía es tan compleja y nosotros somos tan sumamente ignorantes de ella que cuesta tener una perspectiva realista sobre el asunto. El asunto tiene muchas ramificaciones. La cultura judía resulta determinante en la cultura pop que todos hemos consumido. La misma contracultura es una revolución burguesa, por ejemplo, y gran parte de esa burguesía es judía y lo que pretende es normalizarse dentro de la sociedad estadounidense, que es a la que quieren ir todos, porque a Israel, al desierto pelado a correr peligro nadie quería ir. El de Serge Gainsbourg me parece un gran ejercicio de ironía y sarcasmo. Y la prueba definitiva de que eran otros tiempos, resulta difícil imaginar algo así ahora.
 
Serge Gainsbourg interpretando en televisión el tema “Nazi Rock”, la historia de unos soldados de las SS vestidos de drag queens durante la Noche de los Cuchillos Largos.
 
Otro terreno en el que aprecias un dechado de imaginación es el del cine exploitation: surferos nazisBlack Gestapo, el erotismo macabro de Ilsa, la loba de las SS  o el fenómeno más reciente de las películas de zombis nazis
Que el nazismo reflote periódicamente como metáfora no debería extrañarnos. Es un componente más de nuestra imaginería histórica, lo más natural del mundo, como indios y vaqueros, americanos y japoneses, romanos y cartagineses… entra dentro de esa cadena: el bien contra el mal.
 
Por cierto, ¿qué opinas de la metáfora de conservar partes del cuerpo de Hitler? Hay muchos ejemplos: la película They Saved Hitler’s Brain, en la que oficiales nazis conservan la cabeza viviente de Adolf Hitler en una isla tropical, y luego esa canción del grupo punk Angry Samoans que hablaba del pene en conserva de Hitler?
¿Con qué parte nos quedamos? [risas] Son como brazos incorruptos de santos de la imaginería popular. Ahora han hecho una serie a partir de Amanecer Rojo, aquella película que especulaba con qué habría pasado si la guerra la hubiesen ganado los nazis y Estados Unidos vivieran bajo un régimen nazi. Los nazis siempre van a estar ahí, como tantos referentes históricos. Mira Napoleón: genocida, megalómano, conquistó Europa, se autoproclamó emperador... ¿Deberíamos suprimirlo de la historia? ¿Fue más o menos perverso que Hitler? ¿Fue más presentable? ¿Su concepto de la revolución francesa fue digno?
 
They Saved Hitler’s Brain (David Bradley, 1969), adaptación para la televisión del film Madmen Of Mandoras.
 
¿Cómo explicas un fenómeno tan paradójico como el de la literatura “stalag”, novelas pulp con historias tremebundas de sexo y tortura en campos de concentración que triunfaron en… Israel?
El antecedente es House Of Dolls, novela de un prisionero de guerra, Yehiel De-Nur, que narra las desventuras de su hermana quien teórica o realmente pasó a formar parte de una “Joy Division”, los burdeles dentro de los campos de concentración. El libro causó una conmoción en el Israel de los años 50, se tradujo a muchos idiomas. Al sionismo le planteó una serie de dilemas y contradicciones: hasta entonces se había dicho que las mujeres judías nunca se habían prostituido, sino que se las tomaba a la fuerza, sin recibir nada a cambio. El libro denunciaba otros aspectos de la vida en el campo de concentración –donde la supervivencia es lo que único que todos tienen en mente– como eran la delación entre judíos, estrangular a un niño de pecho porque está llorando para que no les descubran las tropas alemanas. Ejemplos en los que la naturaleza humana se ve enfrentada a dilemas muy tremendos y terribles. Eso no gustó a ese nuevo estado de Israel que se estaba consolidando y que sobre el Holocausto había tendido un manto de silencio que las nuevas generaciones no comprendían. Los stalag, escritos en hebreo, aparecen a raíz del éxito de esa novela, y desatan una mercantilización del Holocausto, reduciéndolo a novela pulp. Eso sí, las víctimas nunca eran judíos, sino prisioneros aliados. Los stalag encontraron mucho público por su componente desatadamente erótico. Las portadas eran dibujos lascivos pirateados de publicaciones estadounidenses y atrajeron a adolescentes en pleno despertar sexual que empezaban a recibir información del Holocausto. Fueron novelas de corta vida y grandes ventas, que no tardaron en erradicar. Sigue siendo un fenómeno de estudio, la paradoja es enorme.
 
Portadas de novelas stalag. Este género literario pornográfico ubicado en campos de concentración fue tratado por Ari Libsker en el documental Stalags - Holocaust and Pornography in Israel 
 
¿Y a qué atribuyes la corriente “nazi chic” especialmente extendida en países como Corea del Sur y Tailandia o Honk Kong? La cara de Hitler y las esvásticas reducidas a caricatura fashion. 
En su imaginario está almacenado en el mismo espacio mental que los Teletubbies o Ronald McDonald. La clave de ello es su absoluto desconocimiento histórico, en parte porque se les ha negado el acceso a esa parte de la historia. Eso permite que el fascismo llegue ahí como un producto puro y duro, desprovisto de ideología. Solo lo perciben estéticamente. Les atrae como el brillo de los abalorios a los salvajes. Y que esto no se interprete como algo racista, por favor, TODOS seguimos siendo salvajes y a todos nos están deslumbrando con los grandes refulgores de la edad oscura en la que nos han metido. Más digno de atención me parece el hecho de que Gandhi y Hitler mantuvieran correspondencia e hicieran planes juntos. ¿Por qué no se dice eso?
 
Ronald McHitler, mascota de una cadena de pollo frito en Tailandia.
 
Para acabar, y dime si me equivoco, una de las conclusiones que saqué del libro es que todos deberíamos aprender a identificar al fascista que llevamos dentro.
Claro, aceptar y reconocer que, como todos, llevo dentro no ya un fascista sino un tirano, un sociópata y un genocida si me dejasen o en un momento de enajenación en el que perdiera de vista esa capa que llamamos civilización (otro artificio). Todos tenemos cierto complejo de superioridad. En las grandes ciudades vas a la defensiva, la atmósfera no es solo competitiva sino cainita. Hay mucha frustración y resentimiento, dos claros componentes del fascismo. Hablo por mí, eh, quizá hay gente con una bondad a prueba de bombas que consigue rechazar ese fantasma que para mí es consustancial a la naturaleza humana. Dado que no creo en la democracia tal y como la he conocido, y teniendo en cuenta como están yendo las cosas, podría ser que en un momento dado esa actitud fascista fuese incluso una herramienta de supervivencia.