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Iguales en la diferencia – La tribu de los Sparks

De cómo un israelí emprende, a sus 50 años, una búsqueda por todo el planeta de fans locos de los Sparks, como él.
Jesús Brotons
El director del documental “Never Turn Your Back On Sparks”, Pinchas “Pini” Schatz.
 
No sé si esta máxima existía ya, probablemente sí y expresada con más tino por alguien con una capacidad neuronal mayor que la mía, pero bueno, ahí va: sé raro un día y tu prójimo te mirará con desconfianza; cultiva tu rareza y se te verá con admiración. Puede que eso tarde décadas en suceder, pero hay casos reconocibles porque están clarísimos de que seguir en tus trece, a la larga, procura pequeñas recompensas. Que se te reconozca tu convicción, aunque sea en tu lecho de muerte, es la menor de ellas. La mayor, que tu extravagancia se convierta en rasgo de genialidad y en estímulo para los demás, y a ella se entreguen tus seguidores.
 
Ah, la extravagancia… Cuando algo es diferente, simplemente es diferente, pero cuando es muy diferente, entonces, muchas veces, se considera… extravagante. No creo que Aristóteles tuviese en mente a los hermanos Ron y Russell Mael, dos tipos de maravillosa extravagancia, cuando, metafísico a tope, manifestó la existencia de una diferencia perfecta, aquella que traía consigo la libertad, la fantasía y la creatividad. Sparks, el grupo creado por los Mael en 1971 (o tres años antes, si aceptamos como punto de partida a Halfnelson, su grupo anterior), epitomiza como pocos esa diferencia aristoteliana.
 
 
No creo necesario sintetizar aquí la trayectoria de Sparks, ya que esta se encuentra al alcance de cualquiera a un par de clics de distancia. Además, tampoco lo hace Never Turn Your Back On Sparks, documental absolutamente sui generis en tanto que no presta excesiva atención al grupo sino a su periferia: los fans acérrimos, esos seguidores a ultranza para los que todo lo que concierne al dúo, del bigotillo de Ron Mael a la voz de contratenor de Russell, se erige en centro de sus vidas, literalmente. A lo largo de su metraje desfila un panorama de personajes que, en otros tiempos y circunstancias, quizá hubieran terminado encerrados y medicados tras serles diagnosticado un trastorno obsesivo. Uno de ellos abandonó su empleo para poder ver 21 conciertos seguidos de Sparks en Londres. Otro ha montado un pequeño museo dedicado a ellos en el ático de su casa. También vemos a una mujer que se ha pasado años pintando compulsivamente retratos naíf de su amor platónico, Ron Mael. Y trazando líneas entre los diferentes puntos, viajando de un lado a otro del globo, se encuentra el director del film, el israelí Pinchas “Pini” Schatz.
 
 
Como el mismo Schatz admite, años atrás no era fácil –siendo judío y viviendo en Israel– ser admirador de un grupo cuyo teclista lucía sin manías un bigote de resonancias hitlerianas. Sin embargo, la pasión lo puede todo, y en su película Pini Schatz desprende pasión, además de un autoparódico sentido del humor. Por supuesto: ¿cómo no tomarse con asumido humor la quijotesca búsqueda que emprende, ya cumplidos los 50 años, de otros fans tan obsesionados como él? Y en palpable demostración de que los molinos, en realidad,  eran gigantes, los encuentra. ¡Vaya si los encuentra!
 
No debería resultar una sorpresa que entre sus entrevistados se encuentren músicos famosos, entre ellos Tony Visconti (productor, entre otros, de T.RexMoody Blues y David Bowie), Jello Biafra (cantante de Dead Kennedys), J.G. Thirlwell (el hombre detrás de esa hecatombe musical que es Foetus) y Joe Elliott (cantante y guitarrista de Def Leppard); perteneciendo todos ellos al gremio de la corchea, es comprensible que sepan apreciar la pequeña maravilla que supone la arquitectura musical de muchas de las canciones de los Mael. El meollo de la película, sin embargo, lo conforma un puñado de personas sin fama conocida; un pequeño grupo de elegidos (por su insobornable lealtad al grupo, por su obsesión rayana en ocasiones en lo enfermizo, por su… sí, extravagancia) que se constituye en muestra objetiva de los rasgos de carácter de un colectivo más amplio.
 
 
Tiene algo de entrañable la travesía que emprende Pini Schatz para localizar a otros como él. Después de años de admiración prácticamente en solitario, Schatz se muestra exultante en una convención de fans en la que, como él mismo admite, se encuentra por fin con su “largo tiempo perdida tribu”. Puede que sea para él la confirmación de que ni su obsesión es única en el mundo, ni él está mochales: fundiéndose en un abrazo gregario con otros cofrades de la religión “sparkiana”, Schatz se confirma a sí mismo, legitima su monomanía como algo noble y, casi de pasada, logra algo que difícilmente se ve en la mayoría de documentales musicales: dar prioridad al fan, ese ser que compra discos y va a conciertos, sustentando así al músico, antes que al músico mismo, que pasa a ser lo que, en argot cinematográfico, se conoce como “mcguffin”. La excusa que hace que se desarrolle la trama, vamos.
 
 
Al final, los Sparks, su música, su identidad y sus rarezas, son casi lo que menos importa en esta película. Never Turn Your Back On Sparks trata, en el fondo, de la capacidad transformadora de la libertad, la fantasía y la creatividad. Estoy seguro de que a Aristóteles le habrían gustado los Sparks.