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La muerte en la Alcarria – Canciones en sitios

El poder evocador de la parsimoniosa road movie en blanco y negro de Los Hermanos Cubero.
06/10/2015 Joan Pons
'La muerte en la Alcarria' (Fernando Pomares, 2015) se proyectará en la próxima edición del festival Beefeater In-Edit Barcelona.
 
Ignoro si todavía está programado así, pero en los tiempos pre-zona euro y pre-compañías aéreas low-cost, los autocares que unían Barcelona-Madrid para los que ni en sueños podían costearse un puente aéreo hacían dos altos obligatorios en el camino: Alfajarín, mega-área de servicio poco antes de Zaragoza saliendo desde Barcelona (con un muy variado bufet libre de carne humana para mosquitos durante los meses de calor), y Esteras de Medinaceli, pequeña cafetería-supermercado de precios absurdamente abusivos saliendo de la autovía en Soria, rozando ya Guadalajara. Bueno, digo en Soria cuando en realidad debería decir… en la nada. Porque la sensación de no-sitio de este enclave era exagerada. “Nueve meses de invierno y tres de infierno”: aquella frase de Miguel Delibes sobre los ciclos climáticos en Castilla siempre cobraba sentido durante aquellos 45 minutos (quizá eran 20, pero parecían 45) de parada en un hoyo entre cabezos pelados y lomas mal afeitadas.
 
La sensación térmica imponía aquí su jerarquía porque difícilmente se podían tener otro tipo de percepciones a través de los sentidos físicos en un escenario tan severo: no había nada que apelara explícitamente a la vista, al olfato, al tacto… Nada. Y, ¿como era de esperar?, este espacio tan sinónimo de nada acababa teniendo paradójicamente… algo. La erótica de la parquedad. Un folio en blanco ideal para ser llenado con las impresiones y reflexiones que a uno le vinieran a la cabeza mientras pagaba ¡mil pesetas! por una bolsa de patatas Ruffles para el camino (lo abusivo de los precios, que decíamos: cuando no hay competencia a 50 km a la redonda poco hay que regatear y mucho menos que elegir).
 
 
Años después, contemplando los paisajes del tramo que va de Guadalajara a Soria desde la comodidad del AVE y sus ventanas a las profundidades estéticas de España, uno descubre que esta zona que creía tan escasa de atractivo cuando la cruzaba en autocar no es así de asceta en absoluto. De hecho, es todo lo contrario. Los travellings que desfilan ante nuestros ojos desde el tren reclaman nuestra atención a cada instante: allí hay una chopera que parece de pesebre, allí unas colinas caprichosamente espolvoreadas por los rigores de diciembre, allá unos campos de cultivos cuarteados cual patchwork, etc… Lo que vendría siendo el tipo de paisaje bonito que dibujaría un niño, vamos. Aquí, pues cobra sentido otra memoria literaria: la de los Campos de Castilla que rimó Antonio Machado o la del Viaje a la Alcarria que mapeó Camilo José Cela. Y de alguna manera, esta voluptuosidad topográfica se activa como el yang de la yerma desnudez de Esteras de Medinaceli. No se entendería la hermosura de un decorado natural sin la del otro. Por eso, al final, tienen tanto interés plástico ambos paisajes, ya sea imaginándolos juntos o por separado.
 
 
No sé si las rutas que trazan Los Hermanos Cubero en La muerte en la Alcarria se dibujan por encima de estos escenarios que he descrito antes o no (bueno, la portada de Cordaineros de la Alcarria sí recuerda a la de los cassettes que se podían adquirir años ha en el giratorio que había la venta de Esteras). Tampoco sé si las canciones que cantan hunden sus raíces en este humus en concreto. Y, ¿sabes qué? Me da un poco igual. De alguna manera, estas jotas castellanas americanizadas ponen banda sonora a mis recuerdos geográficos. Me encajan con el contexto del que salen (30-40 km arriba, 30-40 km abajo) de la misma manera que Manel me encajan en Barcelona, Pony Bravo en Sevilla y Los Punsetes en Madrid. Es una música que no podría salir de otro sitio. Roberto y Enrique Ruiz Cubero, aunque vivan en Barcelona, llevan la Alcarria encima. “Es más fácil que la chica salga de Texas, que no que Texas salga de la chica” que decía Truman Capote en Desayuno con diamantes, aunque en este caso habría que cambiar Texas por Guadalajara y a Holly Golightly por dos tipos con aspecto de hipsters absolutamente genuinos (de los de los años 50) o, quizá, absolutamente falsos (de los que diseñarían en el departamento de maquillaje y vestuario en una película de los Coen). Ojo, que este look es sólo fachada. Si acaso, puede funcionar como recordatorio de lo mucho que les gusta a los Cubero el bluegrass (no sé si tienen posters de Bill Monroe en su habitación, pero bien podrían) y de que su labor de rastreo arqueológico de canciones, instrumentaciones y poéticas de su tierra no es tan distinta a la de Harry Smith o Alan Lomax (de hecho, ése sería más bien su adorado Agapito Marazuela, pero para el caso es lo mismo).
 
 
Pero, todo esto, podría ser una reflexión-valoración de Los Hermanos Cubero independiente a la existencia de un documental como La muerte en la Alcarria. Y esta película de Fernando Pomares realmente confiere un plus de interés y relieve a la carrera del grupo al que ya no basta con arrejuntarlo junto a otras propuestas tradicionalistas (Lucas 15Lorena ÁlvarezXavier Baró…) para apañar un artículo todo guapo sobre nuevos folkies en España. Ahora, Los Hermanos Cubero tiene una dimensión estética que queda fijada en unas imágenes reales, no en las sugerencias visuales que algunos de sus oyentes (como yo mismo) podamos tener en la cabeza y otros no. Este aspecto que podría ser reduccionista o limitador, sorprendentemente, es todo lo contrario. De alguna manera, el poder evocador de la música de los Cubero se multiplica de manera exponencial gracias a estas imágenes. Sus canciones establecen nuevas correspondencias, tienden puentes distintos, generan otras rimas, se cartean con insólitas influencias…
 
Todo este nuevo sistema de conexiones y cableado no hubiera sido posible si el documental de Pomares no fuera como es, claro (para que luego digan que la forma no es significado…). Hay una serie de decisiones estilísticas que contribuyen tanto a seducir al espectador como a meterle ideas (¿raras?) en la cabeza. Si La muerte en la Alcarria no fuere en un blanco y negro tan deliciosamente artificioso, si no estuviera montado como un barbecho entre canciones y escenas en una carretera rural (o entre silencio y música), si no tuviera una planificación tan de obra de ficción, si no le tuviera tan poco miedo al quietismo (el fantasma de “aquí no está pasando nada” amilanaría a cualquier otro), si no quisiera ser una road movie atípica, blablabla… entonces nosotros como espectadores no tendríamos ni tiempo ni espacio para pensar y paladear ni las imágenes que estamos viendo ni las canciones que estamos escuchando.