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Luis Buñuel y los rebeldes radioactivos

El encuentro en México entre el genial director y el rock garajero de Los Sinners en "Simón del Desierto"
 
Toni L. Querol
Es bien sabido que a Luis Buñuel el rock le atacaba los nervios. Y aun así –o, casi mejor, precisamente por ello– el mejor director de la historia del cine español cruzó la puerta del Café Milleti de México DF, en la esquina de la Avenida Insurgentes Sur con Viaducto. Andaba Don Luis oteando locales que pudieran hacerse pasar por el night club neoyorquino en el que aterriza la cámara en la secuencia que cierra la película Simón del Desierto. En ella contemplamos a un refunfuñante Simón (Claudio Brook), asceta anacoreta que tras autoimponerse vivir en lo alto de un solitario pilar en medio del desierto finalmente ha sucumbido al acoso y derribo del mismísimo diablo–más que encarnado, carnalizado por Silvia Pinal bajo la apariencia de colegiala, campesina, bruja o buen pastor– y se ha dejado arrastrar a un mundano antro de desmelene juvenil. Él y su soberbia tendrán que "aguantar hasta el fin".
 
 
Quien provoca convulsiones en tan memorable escena entre la jaranera concurrencia son los garajeros Sinners con su canción “Rebelde Radioactivo”. Federico Arana, guitarrista (más exactamente requintista) de la banda, fue uno de los tipos con las que el genio de Calanda hizo tratos aquella tarde de 1964:
 
     “Estaba a punto de hacer las maletas para largarme a “triunfar” a la meca del rock con los malhadados Sinners, el administrador del Milleti nos contó que Luis Buñuel acudiría al café para vernos actuar. Apareció con la puntualidad deseable en las personas bien nacidas y, de buenas a primeras, nos advirtió que necesitaba un reventón a gogó para su nueva película. Según me dijo, se llamaría “San Simeón el Estilita” y estaría estelarizada por quien, andando el tiempo, se convertiría en suegra de nuestro baterista: Silvia Pinal. Don Luis nos pidió que tocáramos ‘rock tremendista’. Le pregunté si quería algo cantado o instrumental y dijo que instrumental pero muy fuerte. Quería decir muy siniestro y muy bestia. Le ofrecí 'Rebelde radioactivo', un número bastante agitado, mordiente y salvaje que habíamos grabado en RCA un par de años antes, cuando apenas estábamos aprendiendo a tocar. No sólo encontró adecuada la pieza, sino que me comunicó su intención de ponerle a la película el nombre de la no muy fina e inspirada melodía. Lo malo es que Gustavo Alatriste productor en turno, dijo que ni hablar, porque entonces tendrían que pagarme muchísimo mas por los derechos y el horno no estaba para bollos. La abrupta escena final de la película, dadas las desproporcionadas pretensiones monetarias del administrador del café Milleti, se tuvo que rodar en los estudios Churubusco”.
 
 
Simón del Desierto –que se inspiraba, tal y como ya le anunciara por carta al actor Francisco Rabal en 1960, en “la vida de San Simeón el Estilita, que vivió en Siria en el si­glo V y que pasó treinta años en lo alto de una columna de veinte metros de altura” –sería la última película que Buñuel dirigiría en México. Este era su país de adopción tras abandonar los Estados Unidos, donde trabajó para Hollywood y para el MoMA de Nueva York mutando material de propaganda nazi en propaganda aliada. Cerca de dos décadas lleva ya trabajando en México y recientemente había filmado dos prodigios cinematográficos como Viridiana (1961) y El ángel exterminador (1962). Pero a pesar de los premios y el aplauso de la crítica que le granjearon ambas cintas en Cannes y Venecia, la siguiente producción en la que se embarcaría junto al productor Gustavo Alatriste, sería una de las más precarias de toda su carrera.
 
 
Tirando de oficio para sortear un sinfín de penurias económicas y técnicas, de un talento innato para la improvisación y de grandes reservas de humor negro y gamberro, Buñuel rodó en tan solo 18 días esta hilarante parodia del espiritualismo. Una apología del escepticismo que, como escribió José de la Colina, era tanto una “comedia sobre la inutilidad patética de la santidad” como “un panfleto brioso contra el estruendo y la furia del mundo moderno”. Y aquí es donde entran en escena Los Sinners.
 
 
Grupo pionero del rock mexicano, Los Sinners se habían formado en 1959. La batería consistía por aquel entonces en unas cajas de cartón, siendo el bombo una enorme caja de detergente que golpeaban con una pelota de hule adaptada a un rudimentario pedal. También fabricaron una especie de contrabajo con una pequeña tina (que hacía las veces de caja de resonancia), un palo de escoba y un cordón de persiana. Justo después de participar en Simón del desierto, se embarcaron en una gira americana intentando replicar el éxito de “invasores” británicos como StonesBeatles o Kinks bajo el nombre de Los Tequilas. Su aventura americana fue un fracaso y culminó con su deportación. De nuevo en México algunos de sus miembros empezaron una nueva banda, Naftalina.
 
Os dejamos con tres de los temas clásicos del grupo de “rock tremendista” al que Buñuel, más amigo de la música clásica y los tambores de su Calanda natal, encomendó la misión de simbolizar el “estruendo y la furia del mundo moderno” a base de guitarrazos y golpes de cadera.