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Un carisma extraño

Grandes historias sin fama ni glamour. El secreto está en la mirada de quién la explica.
27/10/2014 Roger Roca
Fotograma de Un lloc on caure mort, de Miguel Ángel Blanca, Raúl Cuevas (2014).
 
Mientras veía Un lloc on caure mort, el retrato de Càndid, punk del Montseny que se pregunta cómo seguir siendo punk ahora que es padre y tiene más de 30 años, pensé que todos tenemos una historia que vale la pena contar. Que solo depende de la mirada de quien la cuenta. Y pensé lo mismo viendo Broken Song, la crónica del día a día de tres chicos de Dublín que se aferran al hip hop porque es lo único que hay en su horizonte que parece lo bastante sólido como para agarrarse. Pensaréis: qué argumento más tramposo. No todo el mundo es como Càndid. No todo el mundo es un animal desbocado, un tío de dos metros a quien le brillan los ojos como a un chaval de parvulario cuando está a punto de liarla gorda. Y pensaréis también que no todo el mundo es Costello, la figura paterna que hace de mentor de una pandilla de dublineses de barrio y les enseña a rimar y a respetarse a sí mismos. Tenéis razón.
 
Más chicos desconocidos, chicos que, sobre el papel no son nadie, pero que dan algunas de las mejores historias del Beefeater In-Edit de este año. Los tres hermanos Miller y su vecino, Blake Sloan, protagonistas de We don’t wanna make you dance, os robarán el corazón. Y, por supuesto, pensaréis que ponerles como ejemplo para decir que todos tenemos una buena película es hacer trampa, porque estamos ante cuatro personas con un carisma estratosférico. Cierto. Son como unos Beastie Boys que se niegan a hacer nada de lo que hace falta para tener éxito. Y si nos fijamos en Matthew Stoneman, el protagonista de la tragicómica Mateo, gafas, cara de vicio y estampa desamparada, que vive solo por la música y las mujeres de la Habana, diréis: ¿pero existe una persona así? Sí, existe. Y tanto. Y da para un documental que, de tan increíble, parece ficción.
 
Los protagonistas de We Don't Wanna Make You Dance en 1979, de Lucy Kostelanetz (2013).
 
Pero yo sé que tengo razón. Insisto. Bien explicada, bien entendida, todos tenemos una vida de película. Porque la clave está en la mirada de quién la explica. Está claro que Càndid, Costello y sus alumnos, los Miller y Mateo son, cada uno a su manera, personajes muy carismáticos. Pero sus historias son extraordinarias porque los directores y directoras han sabido ver este carisma y, sobre todo, han encontrado la manera de explicárnoslo para que lo gocemos en toda su magnitud.
 
Año tras año, mientras preparamos la programación, en la retaguardia del Beefeater In-Edit, vemos grandes historias arruinadas por pésimos narradores. Nos conjuramos para que no lleguen nunca a la pantalla, y aprovechamos para pedir disculpas si se nos ha escapado alguna. Por ello, cuando tropezamos con historias en apariencia pequeñas, sin cartel ni glamour, que se despliegan en grandes películas, nos sentimos inmensamente felices. Gracias M.A. Blanca y Raül Cuevas por Un lloc on caure mort, gracias Claire Dix por Broken Song, gracias Lucy Kostelanetz por We don’t wanna make you dance y gracias Aaron I. Naar por Mateo. Casi todos están estos días en el festival presentando sus obras. Si os cruzáis con ellos, felicitadles de nuestra parte otra vez. Pero, sobre todo, id a ver sus películas. De verdad. Veréis que no es cuestión de personajes con carisma. Es cuestión de miradas como las suyas.
 
En el Malecón habanero, Mateo sueña con montar su propio Buena Vista Social Club. Imagen de Mateo, de Aaron I. Naar (2014).